Ecuador: ¿Qué nos jugamos en el referéndum del 28 de septiembre?
Por Mario Unda.
Sociólogo; investigador del Centro CIUDAD, Quito, Ecuador
El 28 de septiembre los ecuatorianos iremos a las urnas por quinta vez
en dos años. No hay que perder de vista este hecho singular para
comprender qué se discute en torno al próximo referéndum.
¿Qué es lo
que vamos a elegir, en torno a qué vamos a decidir? No son preguntas
retóricas: hay varias cosas que están en juego, y es preciso atender a
todas ellas y al modo como se articulan. ¿Qué está en juego? Por un
lado, la contenidos de la Constitución. Por otro lado, los
procedimientos. Finalmente, la correlación de fuerzas.
Al
mismo tiempo, hay que ver la Asamblea Constituyente y la propia
Constitución más allá de sí mismas, en una doble perspectiva: una, la
del gobierno, y otra, la de los procesos político-sociales que se
venían dando por lo menos desde 1995. Desde la perspectiva del
gobierno, la Asamblea no podía dejar de ser un poco instrumental, en la
medida en que suplía el papel de un Congreso que el gobierno no tenía,
lo cual explica la propuesta del llamado "congresillo" y aún el famoso
"régimen de transición". Pero esto, de cualquier forma, es algo
coyuntural. Lo fundamental de la Asamblea Constituyente es más bien lo
que representa en función de esos procesos que vivimos desde hace unos
15 años: lo que puede implicar en cuanto a la resolución de la crisis
de esta democracia, y en cuanto a la modificación de una correlación de
fuerzas que permita por lo menos superar el neoliberalismo.
1. La correlación de fuerzas
Las
leyes -incluídas (y sobre todo) las constituciones- son la expresión
normativa de un momento de correlación de fuerzas. Sólo en este marco
se puede comprender el fondo de la disputa actual. El triunfo de Correa
en la segunda vuelta había significado un momento de ruptura en la
situación imperante hasta entonces. La política ecuatoriana dejó de ser
un vaivén entre los diversos componentes del establishment político,
como lo había sido desde el "retorno a la democracia" en 1978-79. Una
vez que el sistema político se estabilizó (tras haberse convertido al
recetario fondomonetarista y a la versión criolla del modelo neoliberal
desde el gobierno de Oswaldo Hurtado), el poder económico acabó
fusionándose con el sistema de partidos: por un lado, alrededor del eje
PSC y sus alianzas con la DP y la ID; y, por otro lado, alrededor de la
variante "populista", expresada en la alianza PRIAN-PRE-PSP. La vida
política, tanto en su estabilidad como en sus crisis, no era más que la
disputa entre estos dos grupos: en fin, luchas al interior de la
burguesía oligárquica.
Esta tranquila "normalidad" fue
trastornada por el triunfo de Correa y de Alianza País. Pero ¿qué hizo
posible un cambio así? Fueron dos procesos, interrelacionados entre sí,
aunque parte de la conciencia social los ha vivido disociados. El
primero de ellos es la resistencia social a las políticas neoliberales,
luchas que se extendieron durante más de un cuarto de siglo y que
tuvieron como protagonistas principales a los trabajadores (1981-83) y
a los indígenas (1990-2004). En torno a ellos confluyeron los
descontentos, las inquietudes y las esperanzas sociales. En la lucha
social se fue construyendo un programa de acción en el que la
resistencia al neoliberalismo se conjugó con un sentimiento
antiimperialista (que se opuso a la firma del TLC y rechazó la entrega
de la base de Manta) y con el rechazo a una democracia cada vez más
restringida, cada vez más reducida a la referencia de procedimientos
formales que ni siquiera se cumplían. A pesar de los altibajos, la
lucha social fue construyendo, silenciosamente, lazos de sentido que
comenzaron a formar parte de las creencias compartidas por la mayoría
de la población.
De modo que cuando Correa planteó "el fin de
la larga noche neoliberal", estaba recogiendo un amplio acumulado de
luchas sociales.
El segundo proceso es la repolitización de la
conciencia social. En parte, ha sido fruto de las resistencias sociales
al neoliberalismo, y del "diálogo oculto" que fue construyendo una
sintonía espiritual entre la acción colectiva y la conciencia de las
mayorías. En parte, fruto del debilitamiento de la capacidad hegemónica
de los grupos dominantes, minada paulatinamente por los efectos de las
políticas neoliberales, por la evidencia visible del modo en que el
poder político, las instituciones estatales y las intermediaciones
partidistas estaban prácticamente secuestradas por los dueños del
dinero. Aunque esta recuperación de la política ha sido desigual, en
intensidad y en ritmos, en los distintos sectores sociales, finalmente
se expresó en la pérdida de atracción de los partidos políticos, en la
migración de los votantes (que buscaban en cada nueva elección alguna
alternativa, pese a que siempre terminaba en una nueva frustración) y,
finalmente, en el descrédito de las instituciones. Tras varios intentos
sucesivos, el triunfo de Correa significó que las búsquedas sociales
dieron con una candidatura que "al menos a primera vista" no dependía
de los poderes económicos ni estaba vinculado con los círculos que se
disputaban entre sí la "troncha" del Estado.
Pero los procesos
electorales de estos últimos años coincidieron con un momento de
desmovilización y crisis de los movimientos sociales, desgastados por
la propia dinámica de la lucha y por los errores políticos (sobre todo,
la alianza con Gutiérrez); por eso el programa de la lucha social fue
relativamente disuelto en la conciencia más difusa de las clases medias
y de los sectores desorganizados de la sociedad, que encontraba su
expresión en el enfrentamiento a un enemigo impreciso, la "partidocracia", que permitiera avanzar una poco asible "revolución
ciudadana".
Así, pues, el gobierno de Correa se debe a un
doble origen: por un lado, las luchas emprendidas por el movimiento
popular, por otro lado, la recuperación política limitada expresada en
la mentalidad de las capas medias. Ambas tienen en común el
enfrentamiento al neoliberalismo y al establishment político; pero sus
sentidos más altos coinciden sólo en parte.
2. Una caracterización del gobierno
El
proyecto del gobierno de Correa es una reforma del capitalismo que
tendría como sujeto central al Estado. Propone, en este plano,
recuperar un papel orientador para el Estado, normar el funcionamiento
del capital y renegociar con los capitales transnacionales.
Recuperar
el papel del Estado como "rector de la economía" y propulsor de un
modelo "desarrollista", "extractivista". Esto supone: a) recuperar la
capacidad de acción del Estado mediante una nueva arquitectura
institucional que permita rehacer la capacidad de acción orientadora
del estado (reorganización de ministerios, ministerios coordinadores,
recuperar el rol de planificación,...); b) recuperar el territorio
nacional como espacio de la soberanía estatal; es el componente "nacionalista" del proyecto, pero no es un nacionalismo como en los
años 70, sino un "nacionalismo del siglo 21": su base territorial ya no
es el Estado-nación, sino una posible reconfiguración de la base de
acumulación regional: el área andina, Sudamérica. Es distinto, además,
porque ya no se propone las nacionalizaciones: pretende renegociar con
el capital transnacional (telefonía celular, minería, petróleo).
Normar
el funcionamiento del capital; es decir, asegurarle un ambiente
propicio para la reproducción y la acumulación (dinero barato,
subvenciones, exenciones de impuestos, programas de recuperación
productiva, incentivos para la pequeña y mediana producción), pero sin
los "excesos" neoliberales (la pugna con la banca por los intereses; la
eliminación de la tercerización laboral).
Sin embargo, la
burguesía real no es reformista, y encabeza la oposición. Para
suplirla, el proyecto debe reforzar el Estado, y pasar de un Estado que
refleja los intereses faccionales de uno u otro grupo oligárquico a un
Estado que represente los intereses generales de la burguesía. De todas
formas, el gobierno busca acercar a grupos empresariales, por ejemplo a
través de los programas sociales ("socio país", ferias libres).
Esto
explica los ataques de Correa a los movimientos sociales, sobre todo a
los más organizados e independientes. Si no los puede funcionalizar, se
convierten en un estorbo para su proyecto, que recoge,
distorsionándolo, el programa de la resistencia popular al
neoliberalismo. La dinámica de la movilización popular puede encontrar
un más allá de la resistencia contra el neoliberalismo y un más allá de
la reforma (luchas contra el TLC, revocatorias de mandatos de Bucaram,
Mahuad y Gutiérrez). La lógica de la movilización ya ha descubierto
democracias más altas que la democracia liberal, mientras que la
democracia de Correa no rebasa los marcos liberales, representativos y
delegativos, en la cual el Estado y la tecno-burocracia tienden a
expropiar las potencialidades transformadoras de la sociedad en
movimiento.
Y ambas cosas, unidas a la debilidad orgánica del
movimiento gubernamental, explican la fuerte presencia del Ejecutivo, y
particularmente del presidente, en las definiciones de la orientación y
de las sinuosidades de la propuesta.
3. Sobre los contenidos del proyecto de Constitución
La
Constitución de 1998 era un cuerpo con dos cabezas y dos almas: el
avance desigual en el reconocimiento de derechos y la apertura a la
participación social, amplia y limitada a la vez, reflejaban los ecos
democratizadores del movimiento de masas que revocó el mandato de
Bucaram. La visión de la economía y del Estado, enmarcada en las
concepciones neoliberales (más allá del eufemismo de la "economía
social de mercado") reflejaba, por el contrario, la resolución
conservadora de la crisis, que mantenía el poder en manos de los
grandes poderes económicos y de sus representantes políticos.
También
el proyecto del 2008 es dual. Los derechos se amplían, y se amplía el
espectro de grupos humanos sujetos de derechos. Igual los espacios de
participación social. Se reconoce, por primera vez, a la naturaleza
como sujeto de derechos. El agua es reconocida como derecho humano
fundamental. Se desmontan algunos mecanismos del esquema neoliberal
(por ejemplo, en el ámbito laboral, en la eliminación de las
privatizaciones y en la recuperación de capacidades estatales para
controlar y orientar la economía). Se avanza en la recuperación y
ampliación de las políticas sociales (en salud, educación y seguridad
social). Se recupera una visión nacionalista e integracionista de la
política exterior (el Ecuador como territorio de paz, la prohibición de
bases militares extranjeras). Se reconoce el carácter plurinacional del
estado ecuatoriano. Es el sello del trasfondo popular, movilizado, de
la situación actual.
No obstante, muchos de estos avances son
al mismo tiempo limitados. Se mantienen medidas que constriñen la
organización y la acción reivindicativa de los trabajadores. Se
reconocen al quichua y al shuar como idiomas oficiales, pero sólo de
relación intercultural. Se reconoce la democracia directa, pero se
limita su campo de acción. Se reconoce la democracia comunitaria, pero
no se pasa de la mención. En ciertos momentos la acción colectiva
parece desdibujarse, al quedar limitada en el Estado. Todo eso, en
cambio, es el sello del tamiz ideológico de clases medias y de sectores
tecnocráticos que se han hecho con el control del gobierno.
Al
mismo tiempo, como es por otra parte lógico, el capital y el Estado
buscan ser reformados (la reintroducción de la función social de la
propiedad), pero sin modificar sus fundamentos. Es el sello del
carácter reformista del proyecto.
En conjunto, el proyecto parece representar una suerte de "compromiso" entre la movilización social, la razón de la tecnocracia ilustrada y la persistencia
caudillista. De cualquier forma, el proyecto resulta más participativo
y más democrático que la propia acción del gobierno. Las derechas, la
vieja y la nueva, y las dos juntas, convertidas de pronto en oposición
minoritaria, no pudieron mantener en el proyecto constitucional las
posiciones que habían ganado en casi 3 décadas de neoliberalismo. La
nueva carta, "social y solidaria" recoge, en clave de reforma
capitalista, y por lo tanto limitada, muchas demandas de las luchas
sociales de esos años. Así que no es poco lo que los movimientos
populares se juegan en el referéndum.
4. Nuevamente, la correlación de fuerzas
Tres sectores están claramente presentes en el escenario. El gobierno, por
un lado; las derechas económicas y políticas, por otro; el movimiento
popular, finalmente. Ya hemos dicho que el gobierno tiene un doble
origen, y que este se expresa también en el proyecto de nueva
Constitución. Hemos dicho, también, que la derecha ha sido derrotada en
cuatro elecciones consecutivas. La derrota de una de sus expresiones en
la segunda vuelta electoral, se transformó en la derrota de todas
ellas, unidas en contra del proceso constituyente. Y en la derrota de
sus formas electorales viejas, y también de las nuevas, en la elección
de asambleístas. Pero que haya sido derrotada no significa que haya
perdido el poder: el poder no está en el gobierno, ni siquiera en el
(relativo) control del aparato estatal; y, por cierto, no en los
partidos políticos. El poder está en la economía y en la sociedad.
Pero las derrotas les han dejado enseñanzas. Las derechas saben, por una
parte, que deben buscar unirse, más allá de las disputas intestinas por
lograr la representación interna y ganar el favor de una porción del
electorado. Durante el transcurso de la Asamblea Constituyente, esto
fue notorio, y terminó en acuerdos entre toda la oposición en la
asamblea, y en reuniones con Nebot. Por otra parte, que deben evitar
presentarse bajo las antiguas formas, que tan merecido rechazo han
concitado; de allí que el alcalde de Guayaquil haya insistido en varias
ocasiones sobre la necesidad de formar un movimiento "ciudadano" de
derechas. En tercer lugar, que tiene que buscar voceros aparentemente
no políticos ni partidarios; ese es el papel que están jugando (algunos
de los) grandes medios de comunicación, las iglesias evangélicas y la
jerarquía de la iglesia católica, convertidos, hoy por hoy, en las
principales cartas de la derecha.
Finalmente, que debe evitar discutir sobre el contenido del proyecto, y procurar fragmentarlo, diluirlo y dispersarlo en consideraciones supuestamente de índole moral
que le impidan a la gente una lectura comprensiva. Eso es lo que está
haciendo la derecha: habla del "feriado moral", y pretende convencernos
de votar "no" ocupándonos sólo de las supuestas licencias que el
proyecto daría al aborto y al matrimonio homosexual... No importa que
para eso deban torcer la letra del proyecto. Pues su estrategia es
movilizar los elementos conservadores de la mentalidad social en base
al miedo, a la confusión y a la irracionalidad. Si lo consiguen, se
lanza un manto de silencio sobre las propuestas de cambio que el
proyecto constitucional contiene en los planos social, laboral y
económico: es decir, que los grupos de poder económico no sean tocados,
ni siquiera visibilizado en medio de la campaña.
(Y no está de más mencionarlo: ¿qué prácticas democráticas tienen estos sectores de
derecha que ahora nos hablan de democracia?)
Pues de eso se trata: las elecciones son una herramienta para reforzar o modificar las
relaciones de fuerzas. Las derechas apuestan a una derrota del proyecto
constitucional que sea una derrota del gobierno y, a través de esto,
una derrota de las propuestas de cambio. El aire tan abiertamente
reaccionario de su discurso actual es por demás clarificador al
respecto. El "no" les permitirá atraer a su redil, nuevamente, a
sectores importantes de la población, y les permitirá alejar la
conciencia de la gente de las demandas democráticas y de mejoramiento
de las condiciones de vida, desviarla de las críticas al modelo
neoliberal, a la dependencia y a la democracia restringida.
Si volvemos la mirada al escenario, veremos que las fuerzas están (más o
menos) claramente alineadas. Por lo menos, en el campo de la derecha.
Empresarios, medios de comunicación, partidos y movimientos políticos
(aunque por ahora con perfil bajo), iglesias, medios académicos. Todos
se han unido para evitar que la constitución sea aprobada.
En el campo popular las cosas comienzan a estar claras. O deberían
estarlo. Las diferencias con el gobierno están marcadas con relativa
nitidez. Ya desde el inicio, el proyecto de Correa mostró que no se
siente muy cómodo con alianzas, menos si se trata de movimientos
organizados, con capacidad de movilización propia y posibilidades de
desarrollar políticas autónomas; prefiere las adhesiones. Ahora, al
discutir "el país que queremos", las diferencias hacen notar el
estrecho límite de las reformas contenidas en el proyecto del gobierno.
Ya se lo había visto antes de algún modo, pero entonces podían parecer
cosas puntuales: mas es un asunto de horizontes. Los modos de actuar
acentúan los desencuentros, y Correa no hace nada por disimularlo. Su
concepción de democracia no se acerca tampoco a lo que los movimientos
han encontrado y construido en medio de la lucha.
De todas formas, los horizontes distintos no anulan las aproximaciones. El
gobierno, para poder avanzar en su programa de reforma, necesita
enfrentar a la derecha oligárquica y neoliberal; y eso también es una
necesidad para los movimientos populares. Las propias reformas son
vistas como un avance para un amplio espectro de ciudadanos, incluidos
(por lo menos) los (más importantes) movimientos sociales.
Y es que estamos aún en medio de un proceso en el que las luchas sociales
han tratado de contener y modificar el modelo político-económico, y en
el que cuatro sucesivos procesos electorales han logrado desplazar del
gobierno a los partidos que representaban a esos grupos de poder.
Derrotarlos sigue siendo una tarea presente, para que el cambio sea
posible. El voto por el sí, en este contexto, es una herramienta para
profundizar la derrota de la derecha, y profundizarla en el
reconocimiento y en la afirmación de las luchas populares de este
último período. Por lo tanto, se requiere un proceso de movilización
que recupere los sentidos de la lucha social.
Sigue estando en juego la posibilidad de dar continuidad y desarrollar las luchas
populares. Está en juego la posibilidad de asestar una nueva derrota al
neoliberalismo, a sus impulsores y beneficiarios. Está en juego la
posibilidad de fortalecer el avance de la conciencia social, su
búsqueda de justicia y de igualdad, de profundizar la brecha que ha ido
labrando frente a las distintas formaciones políticas de la oligarquía,
frente a sus representantes ideológicos, aparentemente no partidarios
ni políticos (la gran prensa, las jerarquías eclesiásticas). Está en
juego la necesidad de hacer frente y detener la ofensiva de las
derechas unidas, que pretenden hacerse fuertes movilizando el lado
conservador y timorato de las mentalidades sociales.
Cuando es todo esto lo que está en juego, no cabe una posición neutral, no cabe
pretender situarse "más allá del bien y del mal". Pero debe ser un "sí"
autónomo, cualificado, un sí propio. Un sí a las luchas de 30 años
contra el neoliberalismo y la falsa democracia. No un sí que
simplemente reafirme al gobierno de Correa: un sí que critique al
gobierno, de modo claro y desde la izquierda; lo contrario sería
entregar toda la lucha social de los últimos 30 años a un mero juego de
reforma burguesa. Pero para eso es necesario que la izquierda y los
movimientos sociales reconstruyan un espacio de izquierda autónomo,
que, siendo crítico, no le haga el juego a la oposición oligárquica ni
se confunda con la crítica de las viejas y las nuevas derechas.
Es un "sí" que mira hacia adelante. Que la constitución no es la perfecta,
pues entonces pensemos en las reformas que necesariamente habrá que
hacerle. Que inmediatamente vendrán nuevas disputan alrededor de las
nuevas normas que están a la espera (ley de aguas, ley de minería,
etc.). Que el gobierno tiene tendencias a centralizar en el Estado al
sujeto del cambio, pues entonces trabajemos para fortalecer las
organizaciones sociales y su independencia.
Quito, 18 de agosto de 2008
Mario Unda.
Sociólogo; investigador del Centro CIUDAD, Quito, Ecuador
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